Mail: sergiosinay@gmail.com
En la sección de cartas al director del diario de El País, de España, el pasado domingo 28 de febrero la lectora M. Carmen Fernández Martín, de Segovia, escribía lo siguiente: “De un tiempo a esta parte ha dejado de utilizarse la palabra oír sustituida por escuchar, que en absoluto es sinónima. Así se oyen noticias en televisión como ´La explosión de la bomba se escuchó por toda la ciudad´. O voy al museo y la guía nos pregunta: ´¿Me escuchan?´. Y tengo que responder: ´Pues claro que te escuchamos, para eso estamos aquí, el problema es que no te oímos´. “Entre oír y escuchar, dice más adelante la lectora, existe la misma diferencia que entre ver y mirar”. Y se lamenta: “Cuando una palabra se pierde también nuestra inteligencia se empobrece”. Y tras pedir mayor responsabilidad a quienes usan la palabra (docentes, medios de comunicación, políticos, etcétera), Fernández Martín concluye: “A mí, una maestra española, no creo que nadie me escuche, aunque me oigan”.
Intentemos escucharla aquí, aunque estemos físicamente tan lejos de ella. Su comentario describe una realidad dramática. La pérdida de la escucha, y, como resultado, la caída de uno de los puentes fundamentales de la comunicación humana. Oír es un proceso fisiológico. Si nuestro aparato auditivo está sano, oiremos. Pero escuchar es otra cosa. El sacerdote irlandés Henri Nouwen (1932-1996), profundo explorador de las cuestiones espirituales, señaló que “escuchar es mucho más que dejar hablar al otro mientras esperamos que nos dé la oportunidad para responderle. Es prestar atención a los otros y darles la bienvenida en nuestro propio ser”. Escuchar, decía Nouwen, es una forma de hospitalidad que invita a los extraños a convertirse en amigos. Y esto es así porque pocas cosas hacen que alguien se sienta reconocido, y por lo tanto existente, como es el hecho de sentirse escuchado.
LA CULTURA DEL RUIDO
Las orejas no tienen párpados, de manera que no pueden cerrarse voluntariamente a los sonidos que les llegan desde afuera, incluidas las voces humanas. Oír, entonces, no depende de la voluntad. Oímos aunque no nos lo propongamos. Pero escuchar requiere de la voluntad, de la predisposición, es necesaria una actitud. Vivimos en la era del bullicio, rodeados de altísimos decibeles disparados por motores, escapes, bocinas, altavoces, sirenas, timbrazos, celulares que desgarran el aire, amoladoras, maquinarias diversas que no respetan volúmenes ni horarios, martillazos y gritos, muchos gritos, como si paulatinamente los seres humanos estuvieramos regresando a formas de comunicación primitivas, tras ir perdiendo la capacidad de modular los tonos y las inflexiones de nuestras voces. Aun sin desearlo, todos oímos las conversaciones de todos, nos importen o no (la mayoría de las veces no sólo no nos importan sino que, además, invaden nuestros espacios de silencio, de reflexión o de charla con otra persona). Ocurre en los medios de transporte, en la calle, en los bares, en los restaurantes, en las salas de espera, en las colas, en cualquier lugar en el que se reúnen más de dos personas. Habitamos la cultura del ruido y lo peor es que lo hacemos de manera natural, como si así fueran las cosas y no hubiera medio ni razón para cambiarlas.
Oír es un proceso fisiológico. Si nuestro aparato auditivo está sano, oiremos. Pero escuchar es otra cosa. Al perder la habilidad para escuchar, las conversaciones se convierten en monólogos cuando no en armas con las cuales disparamos frases en voz crecientemente alta para imponernos sobre la el otro. Así, terminamos oyendo gritos, pero no entendemos palabras
Al perder la habilidad para escuchar, las conversaciones se convierten en monólogos cuando no en armas con las cuales disparamos frases en voz crecientemente alta para imponernos sobre la el otro. Así, terminamos oyendo gritos, pero no entendemos palabras. Y la palabra es una maravillosa creación humana nacida de la necesidad de comunicarse con el otro, de pedir, de ofrecer, de ordenar y expresar pensamientos y sentimientos. Las conversaciones son edificios de entendimiento cuyos ladrillos están constituidos por palabras. El cemento que las une y les da sentido es la escucha que reciben. Cuando vivimos en el ruido como los peces viven en el agua hasta el punto de nos distinguir la posibilidad de que exista algo afuera de ese medio, perdemos sensibilidades esenciales. Se puede advertir lo que ocurre con la música. Cada vez más importan los decibeles antes que las melodías, el volumen antes que la armonía. Cualquier fiesta (un casamiento, un cumpleaños de quince, un aniversario, una graduación, un estreno) en lugar de ser un espacio en el cual las personas se encuentran, se comunican, se ponen al día respecto de sus vida, refuerzan o inician vínculos, es un ritual ensordecer donde la oportunidad de todo aquello se pierde. Desde su lugar el disc jockey nos somete a un alud de ruido que invade todo y, como el agua de las inundaciones, nos arrastra sin piedad y nos separa los unos de los otros. Estamos en el mismo lugar, pero no podemos escucharnos, gritamos, pero aun cuando nos desgañitemos, solo mediante una penosa lectura de labios podemos enterarnos de lo que nos decimos. Regresaremos exhaustos, sin habernos comunicado, y afónicos. Además, nuestros pobres oídos habrán sido lastimados y acaso hayamos perdido parte de nuestra capacidad auditiva. Depende la frecuencia conque estemos sometidos a este ejercicio, quizás la recuperemos o tal vez no.
UN DESASTRE ECOLOGICO
Posiblemente la pérdida silenciosa y creciente de ese don sea la que nos ha ido convirtiendo en seres que gritan más y hablan menos, que oyen más y escuchan menos. El silencio, ese profundo, sedoso, reparador ámbito en el que se pueden expresar voces interiores, en el que se puede captar la diversidad del mundo a través de sus sonidos, se ha ido reduciendo del mismo modo que el casquete de hielo de los polos. Es otro desastre ecológico, porque la complementación entre silencio y sonido, la danza que integra a ambos y que permite pasar de uno a otro para atender distintas necesidades de la existencia y de la convivencia, es algo necesario para habitar espacios física, mental, emocional y espiritualmente saludables. Hay un hábitat, un medio ambiente de las interrelaciones humanas, que la invasión depredadora del ruido destruye.
“Escuchar verdaderamente significa imaginarte a ti mismo dentro de la experiencia de la otra persona, concentrarte, hacer preguntas. El buen oyente no es un receptor pasivo sino que es activo, abierto, armonioso e inquisitivo”. En su libro “El arte perdido de escuchar”, el psicólogo Michael P. Nichols, editor de la prestigiosa Guía Guilford de Terapia Familiar, define de esta manera a quien escucha y al mismo tiempo revela que hay una íntima y profunda ligazón entre escucha y empatía. No puede ser empático quien no desarrolla la capacidad de escuchar. Esto vale en la pareja, en la familia, en el trabajo, en la vida social, en la política, en los negocios, en un aula, en el ejercicio de un deporte, en una asamblea, en una reunión de consorcio o en cualquier lugar en el cual los seres humanos se interrelacionen.
“Escuchar bien, dice Nichols, es un acto a menudo silencioso, pero nunca pasivo”. Quizás estemos todavía a tiempo de aprender cómo se hace, o de recordarlo si es que lo hemos olvidado. Porque no hay peores sordos que los que no tienen el propósito y la voluntad de escuchar.
(*) El autor es escritor y periodista. Sus últimos libros son "Inteligencia y amor" y "Pensar"
SUSCRIBITE a esta promo especial